Boaventura de Sousa Santos 13 de abril de 2026

El fascismo del siglo XXI y el Anticristo
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Boaventura de Sousa Santos

Boaventura de Sousa Santos

Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra. Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison.

La creencia fascista trasciende el apego natural a la vida en la tierra

Una de las interpretaciones más influyentes del fascismo del siglo XX es la de que fue una rebelión contra el secularismo de la época moderna, que proponía una sociedad trascendente tanto en el plano práctico (el progreso) como en el teórico (la posibilidad de superar todos los límites). Esta rebelión hizo que la religión política (la religión como forma de poder temporal) regresara, bajo diferentes formas como factor político. Esta interpretación ha sido objeto de un intenso debate y no es mi propósito analizarlo.

Solo me interesa abordar la cuestión de las relaciones entre fascismo y religión. Hablar del fascismo del pasado y del fascismo del futuro puede entrañar el riesgo de pensar que no hay fascismo en el presente.

También puede llevar a pensar que el fascismo es una entidad monolítica y que, por lo tanto, solo hay un tipo de fascismo. Por lo general, todas las definiciones de fascismo se refieren al fascismo como régimen político. Yo, por el contrario, distingo entre fascismo político y fascismo social: el primero se da en las relaciones propiamente políticas y el segundo, en las relaciones sociales.

El fascismo y la religión en el siglo XX

La relación del fascismo político de la primera mitad del siglo XX con la religión es compleja. El secularismo de la sociedad moderna (la separación entre la Iglesia y el Estado) nunca fue completo y solo funcionó en las metrópolis, no en las colonias. Como tanto la religión como el Estado laico continuaron disputándose su lugar en la sociedad, las contradicciones y disputas entre ambos coexistieron con convergencias, complicidades y utilizaciones recíprocas. En el caso del fascismo italiano podemos decir que la sacralización de la política (la veneración del Estado fascista, los rituales y los símbolos fascistas) supuso el surgimiento de una religión política, secular y laica, que pasó a existir en paralelo a la religión tradicional (el reconocimiento privilegiado del catolicismo). En 1932, Mussolini afirmaba que, a diferencia de Robespierre, el Estado fascista no tenía una teología propia, sino una moralidad propia.

La religión tradicional se utilizó de manera pragmática para reforzar la sumisión de las masas a los designios políticos del fascismo. Los conflictos entre la religión laica y el catolicismo, en el ámbito de la educación, fueron fuertes, ya que el fascismo no quería renunciar al monopolio en la formación de las nuevas generaciones. Pero el objetivo fue, siempre, abolir las fronteras entre la esfera política y la esfera religiosa. Nada de esto era completamente nuevo.

Desde el siglo XV habían surgido movimientos para la creación de religiones cívicas; desde las sociedades secretas (masonería, Illuminati, Opus Dei) hasta el jacobinismo y el positivismo. La fe en la nación y en el nacionalismo era una forma de combatir el socialismo y contener el catolicismo. El socialismo revolucionario del primer Mussolini pretendía ser más una creencia que una ciencia. Como él repetía: «La humanidad necesita una creencia». Se trataba de apelar a una experiencia de fe en la religión de la Nación. La religión patriótica. Giovanni Gentile defendía que el fascismo tenía un carácter religioso, «en la medida en que se toma la vida en serio», y «como movimiento surgió de toda el alma de la nación». Su objetivo era crear un Estado ético.

La sacralización de la política siempre ha implicado la sacralización de la guerra, la violencia purificadora: el sacrificio máximo del cuerpo y del alma por una causa sublime. La muerte y la resurrección aparecen transfiguradas en el culto a los mártires y a los héroes. La relación entre la guerra y el despertar del sentimiento religioso es tan evidente en D’Annunzio como en Marinetti.

Somos los depositarios de una generación que, hace mucho tiempo, superó los límites de su propia realidad histórica y avanza imparable hacia el futuro… Somos lo más alto de lo alto… La Santa Comunión de la guerra nos ha moldeado a todos con el mismo espíritu de generoso sacrificio.

(Il Fascio de 1921)

La creencia fascista trascendía el apego natural a la vida en la tierra.

En 1932, el periódico de la juventud fascista afirmaba que «un buen fascista es religioso». Y los jóvenes universitarios de Milán crearon, en 1930, una escuela de misticismo fascista en torno al Duce como mito viviente. Era evidente un cierto sincretismo con el catolicismo y los posibles conflictos de interpretación se resolvían mediante la devoción al partido. La leva fascista era un ritual de iniciación de los jóvenes similar a la «confirmación» en la Iglesia católica, mediante el cual los jóvenes eran «consagrados fascistas». Las ceremonias se celebraban en público en todas las ciudades e incluían, además de las ceremonias de consagración, ceremonias de juramento y de veneración de las banderas y el culto a los mártires caídos. La celebración del nacimiento de Roma, el día de Roma, la romanità, el «espíritu latino» devinieron en modelos arquetípicos de la grandeza de la patria y de la «civilización de Italia».

Los diferentes componentes religiosos convergían en la lucha contra «la bestia triunfante del bolchevismo». La bendición del gagliardetto, la bandera de las «Escuadras» fascistas, se utilizó inicialmente como ceremonia de redención de una comunidad que antes había sido gobernada por los socialistas. Si el fascismo era una religión, los disidentes eran «traidores a la fe». Las voluntades de Dios y del Estado se fundían. Los traidores eran excomulgados, desterrados de la vida pública. Augusto Turati, secretario del partido de 1926 a 1930, predicaba a la juventud «la necesidad de creer ciegamente; de creer en el fascismo, en el Duce, en la Revolución, tal como se cree en Dios… aceptamos la Revolución con orgullo, tal y como aceptamos estos principios —aunque nos demos cuenta de que están equivocados, y los aceptamos sin discusión». En resumen, el mandamiento supremo: «cree, obedece y lucha».

La fe se había convertido en la virtud suprema y las sedes del Partido Nacional Fascista se consideraban los «altares de la religión de la Patria». El rechazo del racionalismo y la adopción del pensamiento mítico quedan bien patentes en este pasaje de un libro fascista: «Las masas no logran distinguir matices; necesitan espiritualidad, piedad, principios religiosos y rituales». El programa político era mucho menos importante que el sistema de creencias, los rituales y los símbolos. Solo así se garantizaba un apoyo masivo, intenso y duradero. La sacralización de la violencia estaba relacionada con la estetización de la política, como bien señaló Walter Benjamin: la política como ruptura de las restricciones civilizatorias. Fue esa ruptura la que llevó a Ezra Pound a sentirse atraído por el fascismo. La irracionalidad fascista se reconfigura estéticamente como espontaneidad, intensidad y autenticidad. El anticonformismo extremo respecto al mundo es la otra cara de la obediencia ciega al líder fascista. De ahí, también, en última instancia, la miseria de la estetización de la violencia, sobre todo cuando los cuerpos comenzaron a ser arrojados a los crematorios.

El fascismo se filtra gota a gota en las entrañas de la democracia

En el período posterior a 1945 proliferaron los análisis e interpretaciones del fenómeno fascista. Una corriente importante consideraba que el fascismo había sido una ruptura en la continuidad histórica de la cultura europea y algunos lo concebían como una patología social o como una imposición por parte de minorías manipuladoras sin una doctrina o un pensamiento coherente. Es decir, el fascismo, al ser fruto de la manipulación política, no habría tenido una base social genuina. Los intereses egoístas o las prácticas de intimidación habían creado el cuerpo de seguidores del fascismo. La corriente opuesta veía en el fascismo una continuidad con la belle époque francesa y consideraba que tenía un sistema de pensamiento muy coherente.

Estas interpretaciones tenían dos características en común. Por un lado, concebían el fascismo como un fenómeno del pasado y, de un pasado, irreversiblemente superado. Por otro lado, constituían una visión externa del fascismo. No analizaban la experiencia interna del fascismo, la forma en que fue vivido por las poblaciones donde vigoró como sistema político, cómo fue pasivamente aceptado o entusiásticamente celebrado por las poblaciones. Mucho menos se interesaron por las facetas de la personalidad o los impulsos psíquicos que hicieron de la vida fascista una forma «natural» o «normal» de vivir para las grandes mayorías que vivieron activa o pasivamente bajo el fascismo. ¿Cómo fue posible que Nietzsche o Heidegger fueran protonazis, y que la combinación entre la teoría de la evolución, los ciclos civilizacionales y la biología racista condujera a fusiones entre Charles Darwin y Oswald Spengler?

Más recientemente, el campo analítico se ha diversificado. Han surgido interpretaciones internas sobre el modo de vida fascista basadas en la idea de que, si el fascismo pretendía ser religioso y apelaba a lo irracional o mítico, las razones pragmáticas del interés propio o de la intimidación no bastaban para explicar la adhesión al fascismo. Por otro lado, se ha dado un nuevo relieve a las lecturas psicoanalíticas anteriormente difundidas por la Escuela de Frankfurt que conciben el fascismo como una potencialidad permanente de la vida en común, por lo que no tiene sentido hablar del fascismo como algo históricamente superado. No se trata de teorizar sobre el retorno del fascismo, sino más bien de teorizar sobre la presencia continuada del fascismo bajo diferentes formas y potencialidades. En un libro reciente, Vladimir Safatle defiende con elocuencia esta teoría, en una obra titulada: La amenaza interna: psicoanálisis de los nuevos fascismos globales.

Este giro analítico tiene una razón sociopolítica muy evidente: el crecimiento global de las fuerzas políticas de extrema derecha que abogan por el fascismo político y que, cuando están en el poder, tratan efectivamente de implantarlo.

Quizás lo que mejor caracteriza el tiempo presente es el hecho de que la democracia liberal se está utilizando cada vez con mayor frecuencia para que los fascistas antidemocráticos lleguen al poder. Se trata de políticos que han sido elegidos democráticamente, pero que, una vez elegidos, no ejercen el poder democráticamente. Es el fascismo gota a gota en las entrañas de la democracia. El hecho no es nuevo. Ocurrió con Hitler tras las elecciones de 1932. Pero la intensidad, con la que ocurre, hace que la cantidad se transforme en una nueva cualidad. La mayor intensidad del fascismo político gota a gota se alimenta del crecimiento intersticial de otro tipo de fascismo, el fascismo social.

El fascismo social es todo aquel sistema de relaciones sociales de extrema desigualdad de poder en el que la parte más fuerte tiene derecho de veto sobre las oportunidades de vida y de supervivencia de la parte más débil. Consiste en situaciones en las que personas o grupos están a merced de poderes unilaterales sin derechos ni defensa legal, aunque vivan formalmente en democracia. Es la exclusión social extrema, la exclusión abismal, en la que la vida humana se devalúa por la lógica del mercado y del poder. A diferencia del fascismo político, el fascismo social es pluralista. Distingo cinco formas de fascismo social:

  1. “fascismo contractual”, en el que la parte más débil no puede sino aceptar las condiciones impuestas por la parte más fuerte, por injustas que sean, so pena de no sobrevivir;
  2. “fascismo del apartheid social”, en el que las poblaciones excluidas viven en guetos, zonas urbanas pero no urbanizadas y a merced de todo tipo de violencia;
  3. “fascismo paraestatal”, en el que la violencia del Estado se subcontrata a grupos paramilitares, al crimen organizado y a milicias que ejercen con impunidad la mayor violencia sobre las poblaciones;
  4. “fascismo financiero”, en el que sectores poderosos del capital financiero manipulan al Estado para, mediante intereses usurarios, extraer una parte significativa de los salarios de los trabajadores, y para engendrar crisis permanentes que justifiquen el robo de los ahorros de las clases medias o la expropiación de bienes dados en garantía de deudas;
  5. #fascismo de la inseguridad”, que consiste en la ocurrencia de situaciones de extrema inseguridad —accidentes, fenómenos meteorológicos extremos, etc.— para las que no existen o no son accesibles pólizas de seguro y en las que la intervención protectora del Estado brilla por su ausencia.

La intensificación de las diferentes formas de fascismo social se debe, en gran medida, al neoliberalismo como forma dominante del capitalismo global. La intensificación del fascismo gota a gota tiene como objetivo crear las condiciones para una nueva fase de fascismo político. No hay ningún determinismo en esto. Solo hay un objetivo, y corresponde a los demócratas no permitir que se materialice.

El fascismo del siglo XXI y el Anticristo

El fascismo emergente es más extremista en su identidad religiosa que el fascismo del pasado. Al igual que este, se basa en la sacralización de la violencia y en la santificación de las élites, pero se alimenta de una visión distópica del futuro que se condensa en el concepto del Anticristo. Está presente, sobre todo en EE.UU., pero su capacidad de propagación es enorme. A través de la idea del Anticristo, el neofascismo (o neonazismo) exacerba su identidad cristiana y concibe la sociedad actual como una lucha a muerte entre el Bien y el Mal, en la que no caben ni negociaciones ni treguas, sino solo la rendición y el exterminio de quien pierda. La sociedad se encuentra en una guerra civil permanente y su futuro es el apocalipsis si no es salvada por Estados racial y religiosamente supremacistas, dotados de tecnologías de vanguardia para el control de las poblaciones.

En el plano religioso existen diferencias significativas entre el fascismo del siglo XX y el del siglo XXI. El fascismo del siglo XX creó una religión laica, pero mantuvo con la religión tradicional una relación de cooperación-tensión que suponía la relativa autonomía de esta última. El fascismo del siglo XXI lleva su identitarismo cristiano al extremo de intentar absorber la religión tradicional que más se le acerca, las corrientes evangélicas pentecostales. La fusión entre las esferas, política y religiosa, es ahora mucho más intensa, si no total.

El fascismo del siglo XX se basaba en la idea de una sociedad futura mejor, hasta tal punto que en un principio, el socialismo estaba presente tanto en las convicciones de Mussolini como en las de Hitler. Por el contrario, el fascismo del siglo XXI es distópico, apocalíptico y, por eso, el Anticristo no es solo el comunismo y el socialismo; es también la propia democracia y el tipo de convivencia que esta promueve, al conducir al estancamiento del progreso tecnológico, que es la única vía de redención. La política del odio que sustenta la guerra civil no conoce adversarios políticos, solo conoce enemigos a los que abatir.

Debido a su carácter apocalíptico, no es de extrañar que el fascismo del siglo XXI, a diferencia del fascismo del siglo XX, sea promovido por sectores de las élites, en general, los más ricos, los multimillonarios, de los que Peter Thiel es un ejemplo paradigmático. Mientras que para el fascismo del siglo XX la democracia no era más que un régimen decadente, para el fascismo del siglo XXI la democracia, al igual que los derechos humanos, es la encarnación del “Mal”. Al igual que lo es la lucha ecológica o cualquier reivindicación que ponga trabas a la acumulación infinita de riqueza y la tecnología de la que depende.

La relación entre el fascismo del siglo XXI y el sionismo merece una reflexión especial. El fascismo del siglo XX fue antisemita, entendiéndose por tal una política racista radical contra el pueblo judío, cuyo exterminio proclamaba y buscaba activamente. El sionismo, entendido como la pretensión de crear un Estado judío, era en aquella época una corriente muy minoritaria entre los judíos. Su aceptación era mayor entre los judíos rusos y de Europa del Este (países bálticos, Bielorrusia, Ucrania, Polonia). Las organizaciones sionistas de la época buscaron y alcanzaron acuerdos con el nazismo, en particular, respecto al traslado de judíos a Palestina y a la constitución del Estado de Israel (acuerdos que, por cierto, tuvieron poco éxito entre el pueblo judío).

Poco después de la Segunda Guerra Mundial, muchos intelectuales judíos llamaron la atención sobre el peligro del sionismo y sobre las afinidades de los métodos sionistas con los del fascismo y el nazismo. En 1948, Albert Einstein y Hannah Arendt firmaron la famosa carta al New York Times, señalando tales afinidades en el caso del partido de Menachem Begin, hoy Likud.

Los sionistas extremistas, actualmente dominantes en el Gobierno de Israel, comparten con los cristianos evangélicos fundamentalistas la idea del apocalipsis basada en las mismas lecturas bíblicas, sobre todo del Libro de Daniel (Dan 7-12) y del Apocalipsis de Juan en el Nuevo Testamento. De ahí surge el sionismo cristiano, que ha fortalecido enormemente el movimiento fascista global de este siglo.

El Anticristo es, como afirma Robert Fuller, una obsesión estadounidense. La lucha contra el Anticristo se personifica hoy en la figura del multimillonario Peter Thiel, fundador de PayPal y de Palantir, cuya inteligencia artificial fue aparentemente responsable de la muerte de los ayatolás iraníes y de las 208 niñas, alumnas de primaria de la Escuela Shadjareh Tayyebeh, en la ciudad de Minab, en Irán.

Peter Thiel, sin ninguna preparación teológica, recorre el mundo exorcizando como manifestaciones del Anticristo que conducen al apocalipsis final todos aquellos logros políticos por los que hemos luchado en los últimos doscientos años para devolver un poco de dignidad a las clases y grupos sociales excluidos por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado: un Estado mínimamente redistributivo, a través de políticas sociales (sanidad, vivienda y educación públicas); la democracia como sistema de convivencia pacífica y forma de contener los «excesos» del capitalismo; los derechos humanos como lucha por la dignidad humana en sociedades donde la prosperidad de unos se obtiene a costa de la deshumanización de muchos; las luchas ecológicas para construir un nuevo metabolismo con la naturaleza que permita reconstruir los ciclos naturales de regeneración vital. Todo esto es un anatema que impide la salvación que solo la tecnología inteligente de la IA puede producir. Las amenazas existenciales no son el cambio climático, la amenaza atómica, la amenaza nuclear o la amenaza de la IA. Las amenazas existenciales provienen de las resistencias al pleno desarrollo de esos «progresos». Todo ello es manifestación de un antimesías, la bestia triunfal del fin de los tiempos.

La nueva tierra prometida es Silicon Valley, teorizada recurriendo a Carl Schmitt y, de forma distorsionada y perversa, a René Girard (la teoría del chivo expiatorio y la imitación como la otra cara de la rivalidad). El nuevo Anticristo es toda la acumulación histórica de conocimiento, organización y lucha que ha venido a alertar sobre los riesgos existenciales que corren la humanidad y el planeta Tierra si no se hace nada para frenar la injusticia social, histórica, ambiental, racial y sexual, si la democracia no sabe defenderse de los antidemócratas, si la voluntad imperial sustituye al derecho internacional, si la guerra, el genocidio y el saqueo de recursos son los únicos medios para «resolver» los conflictos. Para los fascistas del Anticristo, toda esta acumulación histórica de los últimos doscientos años es un campo de maniobras de estancamiento que impide la única redención posible, la redención tecnológica.